¿Qué es el alzheimer?

La Enfermedad de Alzheimer es un tipo de demencia que afecta especialmente a la memoria y al comportamiento de la persona que lo padece. La demencia es un tipo de enfermedad neurodegenerativa, de la que el Alzheimer es la forma más común, pero no la única.

Esta neurodegeneración hace que se vaya viendo afectada la capacidad de la persona para desenvolverse en su vida cotidiana, siendo esta afección progresiva e insidiosa. Es por ello que se pueden observar diversas fases (principalmente tres) en función del grado de dependencia y de la incapacidad de la persona para relacionarse con su entorno.

Los síntomas principales se dan principalmente en personas mayores de 65 años, si bien se pueden observar signos que aparecen con anterioridad. Una de cada diez personas mayores de 65 años tiene algún tipo de demencia, siendo el 75% de estos casos por E. De Alzheimer.

En un principio, la sintomatología común (la afección cognitiva y conductual de estos cuadros) era lo que se denominaba demencia senil, englobando a otros tipos de demencia.

Actualmente es una enfermedad que afecta en torno a 1.000.000 de personas en España y a más de 55.000.000 en todo el mundo, según la OMS.

Síntomas y Fases de la Enfermedad de Alzheimer

Síntomas

El síntoma más característico de la demencia tipo E. de Alzheimer es que se empiezan a producir fallos en la memoria, existiendo dificultades para consolidar recuerdos a largo plazo. Los primeros signos se pueden identificar como despistes, olvidos benignos, casos puntuales de desorientación. Puede darse consciencia sobre lo que ocurre, pero lo habitual es que haya anosognosia, es decir, desconocimiento o no consciencia sobre las dificultades presentes. Los signos habituales que acompañan a los problemas de memoria son los siguientes:

  • Cambios en la personalidad
  • En ocasiones, deterioro en la capacidad de movimiento o al caminar
  • Dificultad para comunicarse (fallo en el acceso a las palabras, fenómeno “punta de la lengua”, bloqueos)
  • Apatía, bajo nivel de energía.
  • Cambios de estado de ánimo.
  • Problemas de atención y orientación.
  • Incapacidad de resolver operaciones aritméticas sencillas, manejar el dinero de forma efectiva, etc.

Todos estos síntomas van causando una dificultad cada vez mayor para desenvolverse en el día a día, necesitando la persona cada vez más ayuda para actividades cotidianas, tanto básicas (vestido, aseo, traslado, salidas a la calle) como instrumentales (uso del teléfono, preparar una comida, hacer la compra). Esto, evidentemente, genera una dependencia que va aumentando a medida que progresa la enfermedad.

Según el grado de limitación y de gravedad de los síntomas que va teniendo la persona, se establecen generalmente tres fases en las que se encuadra la enfermedad, si bien existen unas fases previas en las que se da un deterioro cognitivo inicial o deterioro cognitivo leve, pudiendo clasificarse hasta cinco fases Este deterioro, aunque es un signo a tener en cuenta, no siempre se asocia un proceso de demencia y puede estar asociado a otros factores.

Fases

Las fases, pues, se definirían de este modo:

  • Demencia en estadio leve o demencia inicial:

    • En esta etapa se empiezan a evidenciar los fallos para retener información reciente, incluso personal.
    • Puede haber dificultad para recordar los nombres, por ejemplo, de los nietos que nazcan en ese momento.
    • Se dan fallos también a la hora de focalizar la atención y comienzan las dificultades funcionales, como el manejo del dinero o la planificación de tareas que se hacían antes (como por ejemplo hacer una receta de cocina).
    • Se conserva la orientación en persona y lugar, pudiendo desplazarse.
    • Se reconocen caras y personas familiares, aunque puede haber algún olvido en los nombres si no está la persona presente (por ejemplo de algún cuñado, tío, abuela, etc.)
  • Demencia moderada:

    • La persona precisa ya en esta etapa de una constante atención, aunque puede seguir realizando actividades básicas, como el aseo.
    • Pueden necesitar ayuda para elegir la ropa, pero normalmente pueden vestirse de forma independiente.
    • No se puede señalar información relevante a la que antes sí se accedía, como la dirección o el número de teléfono.
    • Comienza a darse desorientación en el tiempo y también en el lugar, siendo poco frecuente que puedan salir de forma autónoma.
    • Se conservan los nombres de los familiares más cercanos (padres, pareja, hijos/as), pero normalmente ya no se accede a los nombres de los nietos.
    • En esta fase también pueden empezar a aparecer síntomas de carácter psicóticos, como delirios y alucinaciones.
  • Demencia en estadio grave:

    • Se olvida ya el nombre de personas cercanas, como la pareja o los hijos, personas de las que, por otra parte, ya se depende totalmente.
    • Desconoce totalmente acontecimientos recientes de su vida y los recuerdos sobre su vida pasada ya se muestran de forma fragmentada.
    • El lenguaje comienza a verse afectado decisivamente en esta fase.
    • Existe una desorientación prácticamente completa a nivel temporo-espacial.
    • Pueden alterarse los ritmos circadianos (dificultades para conciliar el sueño de noche y sueño durante el día)
    • Cambios conductuales de consideración (abulia, conductas violentas, delirios, obsesiones)
    • Pérdida progresiva de todo el control motor y de esfínteres. 

Envejecimiento y Demencia

El cerebro, como cualquier órgano de nuestro cuerpo, envejece y se va afectando tanto su forma como su función. La alteración de la forma del cerebro es lo que se conoce como atrofia, donde vemos como las características circunvoluciones del cerebro se abren, como si la materia gris perdiera su consistencia o su grosor. Asimismo, existe también una conducción nerviosa más dificultosa, con lo cual observamos como la información se procesa de forma más lenta. Todos estos factores son habituales en un envejecimiento normal. Sin embargo, la diferencia con respecto a una patología es que estos defectos y efectos progresan muy rápido en el tiempo y van asociados a pérdidas funcionales importantes que generan una necesidad y una dependencia. Así, en los procesos neurodegenerativos como en la Enfermedad de Alzheimer, las funciones cognitivas se verán muy afectadas en poco tiempo además de experimentar una evolución negativa progresiva más rápida que la que se puede dar en el envejecimiento normal.

Por ello es muy importante distinguir entre lo que pueden ser afecciones en las funciones cognitivas que pueden resultar habituales en un envejecimiento no patológico y aquellas asociadas a un proceso de demencia. 

Neuropsicología y Alzheimer

Es evidente que, siendo la afección cognitiva la principal y más importante dentro del cuadro de la E. de Alzheimer, sea labor de la neuropsicología, en colaboración con todos los especialistas posibles, la que adquiera un papel primordial en el diagnóstico y tratamiento de esta demencia.

Así, las funciones principales serían dos:

  1. El diagnóstico temprano, es decir, cuanto antes se detecten los patrones cognitivos que pudieran considerarse patológicos, antes se puede abordar su tratamiento. Es labor de la neuropsicología explorar, mediante distintas pruebas, el estado de todas las funciones cognitivas, dando, en el caso de la E. de Alzheimer, prioridad al funcionamiento de la memoria, pero prestando atención igualmente al funcionamiento de todas las demás (atención, lenguaje, funciones ejecutivas, etc), para que puedan permitirnos trabajar con el paciente aprovechando aquellas que aun pueden estar preservadas. Es igualmente importante esta detección precoz para distinguir si estamos ante un caso de demencia o, por el contrario, pueden ser aspectos ligados a un funcionamiento habitual para la edad del paciente.
  2. La estimulación cognitiva se considera un tratamiento muy beneficioso para paliar el avance de las dificultades asociadas a la demencia tipo E. de Alzheimer, así como en todos los procesos neurodegenerativos. Mediante ejercicios que implican a todas las funciones cognitivas, haciendo funcionar todas las áreas posibles en el cerebro, intentamos ralentizar el avance de la enfermedad. Este tratamiento se basa en el principio del beneficio de la actividad sobre, por el contrario, el perjuicio de la inactividad, algo que no solo es nocivo en estos procesos de envejecimiento patológico, sino a lo largo de toda nuestra vida. Es por ello que se insiste en tener una actividad intelectual adecuada a lo largo de nuestra vida y más aún a partir de los 50-55 años de edad, ya que puede prevenirnos de cara a estas enfermedades o, incluso, hacer que su afección sea menor.

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Escrito por:

José María López Pérez

Neuropsicólogo Colegiado nº AN-06189